lunes 31 de octubre de 2011

HISTORIA DE DIA DE MUERTOS: EL GUAJOLOTE

Se dice que hace muchos años en lo profundo de la Sierra Norte del estado de Puebla vivía una pequeña familia integrada por la abnegada mujer y su esposo. La mujer fue educada bajo las creencias de sus padres y una de las que más disfrutaba era la festividad de día de muertos.

La familia vivía en notable pobreza y al esposo le molestaba que su mujer gastara el poco dinero que tenían para realizar la ofrenda a sus santos difuntos; creía que era un gasto innecesario cuando esos alimentos podrían consumirse frescos por la gente viva, y no por los muertos que en realidad ya no se encuentran en este mundo.

Se aproximaban las fechas en las cuales millones de personas en México ofrecen a sus seres queridos fallecidos una pequeña ofrenda de alimentos, frutas y comidas típicas, adornadas con flor de Cempaxúchitl.

La mujer sacó de un cajón viejo los retratos de sus padres y de sus suegros, los colocó en una pequeña mesa la cual adornó con flores, algunas frutas recogidas del huerto y esperó a la llegada de su marido, necesitaba un poco de dinero para preparar una comida merecida para quienes le dieron la vida a ella y a su esposo.

El señor de la casa llegó después de un difícil y poco remunerado día de trabajo, la venta de leña había sido muy baja por la presencia de muchos vendedores en el pueblo. Al entrar vio la pobre ofrenda que su mujer había preparado, la mujer se acercó a él y le pidió dinero para preparar un poco mole poblano para los padres de ambos… El señor enfureció.

Alegando que además de no tener suficiente dinero, no lo utilizaría para algo que en realidad no iban a aprovechar del todo se negó a proveer a la mujer con recursos para la ofrenda. Al otro día el señor salió a trabajar nuevamente, la fecha “Día de todos los Santos”… Las ventas ahora estaban mucho mejor todo el día estuvo trabajando y vendiendo leña en el pueblo, ese día había ganado mucho dinero.

El tiempo pasó rápido entre ventas y corte de madera, y ya entrada la noche el trabajador regresaba a su casa, y en el camino a ella bajo la oscuridad y frío del tupido monte alcanzó a ver algunas luces a lo lejos acompañadas de murmullos y voces de personas.

Se acercó para ver de qué se trataba y lo que alcanzó a ver le sorprendió de momento, era un sinnúmero de personas que caminaban con una veladora encendida en sus manos, muchos de ellos felices y gustosos conversando sobre la visita que habían hecho a sus familiares.

Pronto escuchó una voz desgarradora que lloraba por todo el camino, era una mujer que traía la cara tapada con un velo, un ocote encendido en las manos y era consolada por un viejecito que la acompañaba.

Una de las personas que iba cerca de ella le pregunto qué era lo que le pasaba y la mujer dijo: -Es mi hijo, no ha tenido dinero para darnos de comer, ni para él mismo… pero juro que le pedí a Dios que le diera trabajo para que pudiéramos compartir hoy un momento, y ni siquiera llegó a tiempo. Sé que hizo todo lo que pudo porque nos dejó estos ocotes para iluminar nuestro camino y un guajolote vivo bajo la mesa.

Después de escuchar aquello el hombre horrorizado alcanzó a ver la cara de la mujer justo antes de que todas esas personas se desvanecieran…

Corrió a su casa, entró y vio el pequeño altar que su mujer había colocado con algunos ocotes ya consumidos por el fuego, despertó a su mujer y le preguntó si había dejado ofrenda, la mujer le contestó: -No he puesto nada porque no tenía dinero, solo puse unos ocotes encendidos y algo bajo la mesa porqué pensé que te molestarías si lo veías.

El señor corrió hacia la ofrenda y bajo de ella encontró un guajolote muerto con algunas marcas de mordeduras, rompió en llanto ya que la mujer que había visto sufrir y quién había rogado con éxito para que su hijo tuviera trabajo era… su propia madre.

Mantengamos vivas nuestras creencias y costumbres, envía tu historia de día de muertos en este link.
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